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jueves, 22 de enero de 2015




















Cuando Juan Gelman presentó su poemario en Ciudad de México



Ningún poema se puede “fabricar”, expresó el poeta Juan Gelman durante la presentación de su libro Cólera buey (1962-1968), cuarta edición de su trabajo creativo de esa época. La actividad se realizó el martes 24 de enero en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes,de Ciudad de México.

“El poema nace por razones que desconozco, pero nace”, dijo Gelman. “Y no
hay tema que se pueda imponer. La poesía no es algo que se pueda escribir
por voluntad. Uno escribe poesía cuando la señora poesía viene, golpea la
puerta y conversa con uno. Cuando ya no tiene más que decirnos, se va y nos
deja”.

El libro de Gelman fue editado primero en La Habana en 1965, luego en 1971 y 1994, y ahora por Posdata Ediciones y la Universidad Autónoma de Nuevo
León. Por último fue presentado en forma de charla con el poeta José Ángel Leyva.

Gelman contó que en aquellos tiempos laboraba en redacciones periodísticas
de Buenos Aires y al terminar, ya entrada la noche, se ponía a crear tanto
que lograba hasta 15 poemas de un tirón, aunque muchas veces se quedó
dormido sobre la máquina de escribir. Después de esos momentos luminosos de creación, dijo, venía el muy arduo trabajo de pulimento y selección.

“Paul Valéry decía, y de eso se hizo eco Octavio Paz, que uno no termina un
poema, sino ‘lo abandona’. Creo que es exactamente lo contrario, es decir,
que el poema lo abandona a uno. Después se podrá corregir esto o aquello,
mejorar algo, una imagen, pero recuperar el momento de la escritura es
imposible. Y para mí ese momento es el más feliz”.

Aquella década de los 70 tuvo años difíciles para Gelman, “por razones
personales y políticas”, y de una “sensación de impotencia”, que explicó:
“Los cubanos habían hecho una revolución y nosotros en Argentina no
estábamos haciendo absolutamente nada. No había forma ni caminos políticos
de encontrar la manera de que la Argentina se convirtiera en una sociedad
más justa. De ahí nace ya un sentimiento de impotencia muy fuerte, y de
furia al mismo tiempo. Y por eso el libro se llama Cólera buey, porque es
una cólera impotente, una cólera que no produce hijos”.

Leyó su poema “Gotán”: “Yo no escribí ese libro en todo caso / me golpeaban
me sufrían / me sacaban palabras / yo no escribí ese libro entiéndanlo
(...)”. Y, luego de recrear algunas anécdotas gozosas —a instancias de
Leyva— acerca de aventureros que utilizaban o utilizan poemas suyos para
enamorar, diciendo que son de su autoría, Gelman leyó “Ofelia”: “Esta
ofelia no es la prisionera de su propia voluntad / ella sigue a su cuerpo /
espléndido como un golpe de vino en medio de los hombres / su cuerpo estilo
renacimiento lleno de sol de Italia pasa por buenos aires (...)”.

Proveniente de una familia de migrantes europeos, como muchos en Argentina, Gelman precisó a Leyva y a los presentes: “Ante todo yo nací en Buenos Aires”. Y agregó: “Hay otras migraciones que supongo me atrajeron más, como la migración espiritual, poético-espiritual”. Eso en referencia a sus
alterónimos de sobrevivencia en aquella época difícil: John Wendell, Dom Pero, Yamanokuchi Ando.

Después de eso reflexionó acerca de los misterios de la poesía y de la
llamada poesía política: “La poesía es lengua calcinada y por eso puede
hablar de todo: de política, de la última hoja caída del otoño, del niño al
que le pegó la madre, de una piedra encontrada en la calle, de problemas
sociales, y hasta puede hablar de amor, cosa que no es tan simple”.

“No es el sujeto del poema, lo que se suele llamar el tema del poema, el
que determina la calidad de un poema. El único tema de la poesía es la
poesía. Y con el mismo tema, una piedra encontrada en la calle, se puede
hacer un gran poema o algo que se puede destinar a usos más sutiles, desde
el punto de vista fisiológico”.

Gelman contó que cuando estalló la guerra de Corea, en 1950, le preguntaron
al poeta Paul Éluard, miembro del Partido Comunista Francés, por qué él no
escribía poemas sobre dicha cuestión si todos sus compañeros lo hacían.

Éluard les respondió que él escribía un poema de esa naturaleza cuando la
“circunstancia exterior” coincide con la “circunstancia del corazón”. Y
Gelman agregó: “Ésta es una definición que se puede hacer extensiva a todo
poema”.

Para saldar el asunto se refirió a los “equívocos” en torno a la llamada
“poesía política” y dijo que, en el sentido que se entiende hoy, esa poesía
se comenzó a escribir desde hace 28 siglos, con Arquíloco, un mercenario
griego que creó poemas pacifistas. Otros ejemplos, agregó, son La divina
comedia, de Dante, “un gran poema político”. O Shakespeare, quien escribió
“versos de gran belleza sobre la lucha por el poder”, en Ricardo III.

“Por esa razón pienso que el único tema de la poesía es la poesía, y que
por eso mismo puedo hablar de todo, mientras sea poesía, claro”.

Fuente: La Jornada

martes, 3 de julio de 2012

SOMBRAS TINTADAS

En el momento en el que su cuerpo se sintió entumecido, cambió la posición de sus frágiles piernas y se reacomodó en el suelo. Hacía rato que había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevada sentado en el frío suelo de piedra, rogando misericordia. Su piel morena poco cubría sus huesos, dudaba tener músculos lo suficientemente fuertes como para sostener el peso de su miseria y su visión se encontraba nublada. Negro. Nada más veía negro.

Confiaba en que la montura que sostenía su tabique nasal fueran lentes que cubrieran su defecto, el tacto poco le servía para reconocer lo transparente de lo polarizado. Confiaba en que las ropas raídas que traía puestas no delataran en su tinte los días que llevaba sin cambiarlas, su olfato hacía tiempo que se había acostumbrado al olor de azufre y suciedad. Confiaba en que el pedazo de cartón que se encontraba a sus pies tuviese escrito lo que había pedido a aquellos pasos que escuchó la noche anterior, no tenía manera de saber si su suerte no variaba debido a un engaño en tinta de marcador.

Había encomendado su vida a su suerte el día en el que su mundo se oscureció.

Tanteó con cuidado el suelo, buscando la lata de sardinas vacía, esperando encontrar más que un par de monedas. Nada. A pesar de que lo había escuchado, no había querido admitir que ninguna persona había detenido sus pasos para sacar unos billetes de sus bolsillos y dárselos.

Sintió cómo las lágrimas corrían por sus mejillas, y por primera vez desde hacía mucho tiempo, drenó sus emociones con sollozos incontrolados. Mientras más sentimientos afloraban en él, más miserable se sentía y más insignificante e invisible se volvía. Rodeó con sus brazos sus frágiles piernas y se apretó con fuerza contra la pared.

Y lloró. Lloró como nunca lo había hecho, lamentando su suerte y maldiciendo cada parte de su cuerpo que lo mantenía con vida.

-¿Por qué lloras?

Tan sumido se encontraba en su desdicha que no escuchó cómo unos pasos se detenían ante él. La voz que le habló era dulce y melodiosa, como una fresca brisa, y tenía un aire tan infantil e inocente que le fue imposible negarse a contestarle, aunque no sin un poco de amargura y ronquera.

-Porque soy miserable.

El pequeño personaje pareció considerar un rato su tosca respuesta antes de sentarse frente a él, ignorando el hecho de que no era bien recibido. De sus manos provenía un ruido que no supo identificar, seguramente algún juguete, y desprendía un olor a dulces que lo hizo arrugar la nariz.

-¿Por qué ya no pintas?

Su pregunta lo tomó por sorpresa. Desconcertado, se reacomodó en su puesto soltándose las piernas y apartó su vacía e inútil mirada del lugar de donde provenía la voz, tratando de demostrar indiferencia ante la pregunta.

-Porque no veo– soltó con dureza.

Era un hecho: el niño planeaba ahondar de la manera más dura en él. Nunca se había visto a un mudo ser político, ni a un sordo criticar óperas, de la misma manera en la que sólo corrían maratones los que poseían dos piernas. Si no veía los colores, ¿cómo se suponía que podría retomar su vida? Recordar lo que perdió no hacía más que lastimarle el alma, aflorando de nuevo los recién controlados sentimientos.

-Pero todavía tienes manos– susurró el chiquillo con inseguridad.

Le dolió. Cada palabra que pronunciaba el niño calaba en él hasta lo más profundo, instalándose en su pecho y apuñalándole desde adentro. Por supuesto que tengo manos, pensó para sí mismo, pero ellas no verán jamás por mí.

Se abstuvo de contestarle con crueldad. A fin de cuentas, era sólo un niño, y los niños se caracterizaban por su inocencia y curiosidad. En cambio, decidió evadir la afirmación con una pregunta.

-¿Cómo sabes que pint… pintaba?– Un pinchazo le llegó al corregirse y referirse a su pasión en pasado. La voz le salió débil, pero no le importó. Ya muy pocas cosas le importaban de su imagen proyectada.

-¿No te acuerdas de mí?– preguntó el niño con tristeza. El mendigo, en vez de resaltar lo evidente, decidió esperar a que él continuara– Voy todas las mañanas a la plaza a patinar, mientras mi mamá pasea a mi perro. Una vez nos pintaste a los tres.

Y entonces la imagen de un niño pecoso con cabello castaño se dibujó en su mente, detallando cada rasgo y facción habida en él. Recordó a su madre, esbelta y sonriente, con hoyuelos en sus mejillas y una cabellera clara, y al gran canino mestizo que no dejaba de moverse. Irónicamente, había utilizado el mismo color caramelo para rellenar los globos oculares de los tres. Brochazos volvieron a pintarlos, dándoles vida y color, dibujando el recuerdo en un lienzo mental que llevaba varias semanas en blanco. Y no pudo evitar asomar un intento de sonrisa.

-Por supuesto– La voz le salió con un suspiro, no sabiendo si sentirse contento de poder identificar un rostro recreado por él o desdichado al saber que más nunca podría recolectar nuevos rostros como aquellos.

-Íbamos todas las mañanas- repitió, –y nos encantaba verte pintar. Mi madre y yo nos sentábamos en el banco a verte pintar. Pintabas muy lindo.

Eso no lo recordaba.

Se imaginó que si ellos lo veían, seguramente no eran los únicos. Y volvió a sentirse desdichado al saber que alguna vez alguien lo había admirado, ahora lejos de apreciarlo. Nunca había cobrado por ello, y se sentía como un aficionado aprendiendo a recrear historias con cartulinas y óleos de colores nítidos.

-Te extrañamos– murmuró por lo bajo el niño, y el mendigo no pudo reprimir un sollozo.

De todas las palabras que había mencionado el niño, esas dos lo acuchillaron sin piedad, destrozando cada retazo de su alma y haciendo que el aire se trancase en el nudo en su garganta. Lamentaba cada mezquino segundo que pasaba de su nueva y precaria vida, sabiendo que no habría manera de evitar el recordar lo feliz que había sido y lo improbable que era el serlo ahora.

-Yo también me extraño- Y la voz se le quebró.

Escuchó como el niño, después de unos segundos de haberle respondido, se ponía de pie y se alejaba corriendo.

Sintió como su mundo se desplomaba de nuevo sobre él, ejerciendo un peso imposible y creando un ardor psicológico que quemaba hasta la más pequeña sombra de alegría que podría haber existido alguna vez en él. Su cuerpo se acurrucó hecho un ovillo contra la pared, y sollozos afloraron de su pecho de manera ascendente, creando convulsiones en cada una de sus extremidades.

¿Por qué le había pasado esto? ¿Qué había hecho él para merecerlo?

Podría tener hambre, sueño y seguramente la necesidad de un baño, pero nada de eso le importaba. Lo único que le había dolido perder era la capacidad de apreciar los colores y las sombras. Y maldijo cada fibra de su ser por mantenerlo con vida dentro de esa muerte espiritual. Porque sí, aquel día en el que perdió su vista, perdió el sentido de existir.

No supo cuánto tiempo pasó (podían ser minutos, horas, días o semanas), pero en algún momento de su desgracia, escuchó pasos aproximarse a él. Debían de ser al menos tres personas.

-¡Oh, por Dios! ¿Está usted bien?– Una voz de mujer que no identificó. Alguien lo tomó por los brazos y lo obligó a ponerse de pie. No tenía ganas ni motivos para responder una pregunta tan patente.

-¿Ves mamá? –el niño otra vez– Te lo dije. Te dije que era él. –Sonaba inadecuadamente emocionado– Ya vas a ver como vuelve a pintar.

Y con esa simple oración, sus sentidos restantes volvieron a la vida, alertas ante las nuevas palabras de la conversación.

-¿Está usted bien?- Volvió a preguntar la señora.

El mendigo la ignoró olímpicamente y centró su atención en la voz del niño, buscando interpretar su repentina emoción. - ¿Qué dices? – preguntó.

-Te traje unas pinturas. –Lo sintió sonreír a través de las palabras.

Por una clara razón, se sintió nuevamente desalentado. No sabía ni por qué se había ilusionado.

-Gracias, niño, pero no. –Y dicho esto se puso a tantear en el suelo en busca de su lata vacía y su cartón para poder largarse a otro lugar.

-¡Por favor! ¡Inténtalo! – Gritó él chiquillo.

El hombre detuvo sus movimientos y lo consideró. Era literalmente imposible perder algo más en su vida, así que quizás no estaría mal sentir las pinturas nuevamente entre sus manos, quizás para despedirse y reconocer de una vez por todas que su vida sería insoportablemente vacía. Sintió cómo el niño lo tomaba de la mano, sin discriminaciones, y lo guiaba hacia una pared. Con suavidad, lo hizo colocar la mano sobre ella, y el mendigo acarició la superficie, tratando de identificar cada uno de sus defectos e irregularidades.

-Te traje mis pinturas. –Murmuró el niño, tomando de nuevo su mano y llevándola hacia una seria de frasquitos. Lo hizo tomar uno. – Rojo. – Lo hizo tomar otro. – Verde. – Otro. – Amarillo…

Y así continuó señalándoselos hasta que el mendigo obtuvo una sencilla y básica gama de colores. Sumergió sus manos en los colores, tratando de conseguir alguna mínima diferencia entre ellos, todos líquidos y completamente invisibles.

Sus manos nadaron un rato en ellos, mientras oía como la gente llegaba y se reacomodaba a su alrededor. Trató de ignorarlos, concentrándose en recordar la posición de cada uno de los frascos y sus colores correspondientes.

Pero no hizo falta, porque después de unos segundos, los reconoció como aquellos viejos amigos que esperaron pacientemente por él. Sintió la calidez del rojo, el fulgor del amarillo, la sutileza del verde, la frialdad del azul, la profundidad del violeta, el espesor del naranja, la suavidad del rosado… Y después de ese momento de reconocimiento, sus manos se movieron solas, su mente dibujando cada trazo elaborado sobre la rugosa y dura superficie de la pared. Sentía, olía, escuchaba y degustaba cada uno de los colores, mezclándolos con experiencia y utilizándolos con confianza. Eran él y ellos uno solo. Ya nada importaba, no había nadie a su alrededor, solo un escenario vacío, un lienzo cobrando vida y sus emociones y gratitud plasmándose en sus profundos movimientos.

No sabía qué pasaría luego, si la gente se aburriría y se iría, si la lata se llenaría de monedas, si pensarían en su arte como algo abstracto, si le encontrarían sentido alguno, si se metía en problemas por expresarse de tal manera…

Lo único que deseaba era que el niño estuviese a su lado, que continuara allí hasta el final y que entendiera lo agradecido que estaba hacia él. Porque no había sido fácil salir de las sombras y haber vuelto a ver sin abrir los ojos, todo gracias al pequeño que sentía a su lado. Gracias a él ahora podía ver.

Y a partir de ese día no le importaba que pasara, porque de la misma manera en la que la gente veía su arte como algo abstracto, él lo hacía con su futura vida. Ahora sólo importaba el detalle de la imagen que se encontraba recreada en su mente y que sus manos plasmaban con habilidad sobre la pared.

-¡Mamá! –escuchó susurrar al niño- ¡Somos nosotros!

Y después de varias semanas de agonía, una auténtica sonrisa cruzó la cara del mendigo.

Por María Verónica Sarache

lunes, 2 de julio de 2012

Fragmento



...El poder enferma hasta la persona mejor formada, o con las mejores intenciones, que hayamos conocido.

Pienso que el poder es como un animal salvaje esperando a ser domado, pero como todos saben un animal salvaje no se dejara domar tan fácilmente, y en casi todas las peleas esta bestia termina venciendo, atacando por la espalda, envenenando al ser, devorándose su pasado, para dejar a su nueva creación. Entre otras palabras el poder es un veneno que se tiende a apoderar de a poco, es debido a eso que a este mal necesario se le tiene que alimentar con carne nueva, sangre nueva, ideas nuevas, ya que el tiempo terminara enfermándolo a uno, pero de alguna forma siempre se tendrá domada a esta fiera.

Por Kevin Low

Diálogo


 



11 de agosto, 2019.

Y entonces giré en la esquina y pude observar brevemente que Salvador sí había ido a la cita pautada. Estacioné el carro, me bajé y una vez más estuve en casa. La St. Honoré hace tiempo que había cerrado, y en su lugar se encontraba un café donde sólo ofrecían cachitos de queso paisa y con leche grande. Ya Caracas no era la misma; ya la gente no caminaba por las calles, no sonreía, no amaba la ciudad como antes. Eso lo pude observar en el trayecto del aeropuerto hasta Chacao.

El camino del carro hasta la mesa fue increíblemente largo y pesado; los millones de pensamientos en mi cabeza no permitían al tiempo avanzar como de costumbre. “¿Qué le digo?”, “¿Cómo lo saludo?”, “¿Lo saludo?”. Todo se detuvo al momento en que mis ojos tomaron control sobre mi cabeza y se posaron frente aquel muchacho ahora hecho hombre, ahora con un semblante débil, como de rendición. Ya no era imponente como antes, mi hermano. Daba lástima, debo decirlo, porque sus ojos marrones eran la ventana al infierno interno de un hombre atormentado.

-Miguel.

-Epa, Salva.

-Siéntate, anda.

Ahora lucía una sonrisa un poco forzada, mas no hipócrita. Me senté, un poco inseguro, pero lo hice. Ahora sólo veía sillas plásticas a punto de ceder. Llamé a la mesonera más cercana, a la cual ingenuamente le pedí un golfeado. No había. Tras varios intentos de ordenar, comprobé que era cierto eso de que ahora en las panaderías de Venezuela sólo se podía encontrar cachito y café con leche. “Pero sólo hay leche en polvo”. Carajo.

- ¿Cómo va todo?

- Bien. Ya Sofía va a cumplir un año. Las cosas nos están saliendo muy chéveres.

- Ah, qué bueno. ¿Y en qué estás trabajando?

- Bueno, ahorita me contrató un banco local de allá. Por ahora estoy administrando cuentas pequeñas, pero estoy avanzando.

- Mmm, ¿y tu esposa?

- Diane está quedándose en casa, cuidando a Sofía. Estaba viendo clases de español, pero con el embarazo y eso se le hizo difícil.



Un silencio incómodo penetraba mis oídos y no me dejaba pensar. Yo lo había convocado aquí, era mi momento de ser el adulto, de dar la cara, de asumir mi papel de hombre y dejar las cobardías de niño atrás. Por Dios, ya eran 29 años los que cargaba al lomo.



Pasaron algunos minutos de incertidumbre, donde ambos esperábamos ansiosos ver al otro ser el primero en hablar, en tomar las riendas. Suspiré, inhalé muy profundamente, pero no logré abrir mi boca.



- Miguel, ¿para qué me haces venir hasta aquí si lo que estás haciendo es quedarte callado?

Tenía razón.

- Salvador, no es fácil regresar por primera vez y encontrarme contigo. No seas tan severo.

- ¿Disculpa?

- Que no es fácil.

- Ah, con que no es fácil…

- Difícil es llegar un día a tu casa y ver una nota de tu hermano diciendo que se va a “buscar oportunidades” porque en su país no las hay.



El sarcasmo y la risa burlona en su rostro anunciaban que acababa de permitirle soltarse a un hombre que desde hace mucho deseaba desahogarse. Ya no había regreso posible. Ya el hombre tenía rienda suelta. Todo lo que viniese de ese momento en adelante sería memorable, y yo lo sabía.



- Salva, tenía 22 años. Este país se estaba derrumbando y yo no quería ahogarme con él.

- No, muchacho. Tú, sobre todas las personas, has debido quedarte y luchar.

- ¿Cómo me iba a quedar? Cuando perdimos las elecciones ya todos sabíamos que esto era un caso perdido.

- Perdimos únicamente por gente como tú.

- Tú sabes perfectamente las razones por las cuales no voté.

- Pues claro que las sé, pero no las comparto ni las respeto. ¿A quién le importa un trabajo en la gobernación cuando lo que está en juego es el futuro de tu país?

- Ese trabajo era todo lo que yo tenía, era el sustento de mi futuro.

- Todo lo que tú tienes es tu familia, que es muy diferente, y ahora tu familia se está cayendo abajo por un gobierno de mediocridad el cual tú ayudaste a prolongar.

- No puedes echarme toda la culpa de los fracasos de Venezuela a mí.

- No es a ti, es a todos los cobardes que huyen de la responsabilidad de hacer crecer su país al irse a otro lado, donde no hacen sino quejarse de lo horrible que están las cosas por acá, sin hacer nada al respecto.

- Pero es que yo voy a volver Salva, voy a regresar por mi país.

- ¿Vas a volver cuándo? ¿Cuándo todo se arregle? Ya han pasado 6 años desde que te fuiste, Miguel, y jamás has volteado a ver qué está pasando en tu “jardín de atrás”. Ya tú no eres de acá.



De repente llegó la mesonera con nuestras cosas. Rompió un poco la tensión que se había estado formando. Fue el momento perfecto para excusarme un momento para ir al baño a lavarme las manos.



Regresé y Salvador ya no estaba. Tal cual como en las películas, en su lugar se encontraba una nota, la cual sellaría el destino en el que mi hija jamás conocería a su tío.



“Muchacho, perdóname por irme de tal forma tan abrupta, pero yo también tengo derecho a huir. Realmente no puedo mirarte a los ojos sabiendo que defiendes tu partida, y que te sientes cómodo habiendo dejado el destino del país que te vio nacer al libre albedrío. Te fuiste en el momento justo cuando te convertías en parte de la generación de relevo, cuando se suponía que tú, junto a nosotros, ibas a ser determinante. Te fuiste en el momento justo cuando más te necesitábamos. En tu conciencia sabes muy claramente que tu partida tuvo como motivo ser irreversible, o al menos hasta que la situación no estuviese tan jodida. Pero dime, ¿qué derecho tiene la gente como tú de regresar a disfrutar de esto, de lo que hemos construido los que sí amamos a Venezuela? Los que sí nos quedamos sufrimos, y bastante, pero aún continúa la batalla. Lo que pasa es que aquí no queremos soldados vacilantes.”



Así culminaron las últimas palabras que alguna vez me dirigió mi hermano mayor. Y él tenía razón, pero por eso mismo no le iba a dar el gusto de hacerme un exiliado en mi propia cuna. Me quedé y le eché un cerro de ganas.

Por Andrea Black

Fragmento ensayístico



En un país como el nuestro, con una situación tan controversial, es muy difícil no encontrarnos en discusiones por los más diversos aspectos, donde todas ellas están tocadas por el matiz político, pero una discusión no es necesariamente una pelea, hemos perdido el respeto entre nosotros, el respeto a las ideas ajenas, hemos perdido la capacidad de tratar y compartir con personas que discrepan de nuestros planteamientos y creencias, cerramos nuestras mentes y solo recibimos una parte del discurso, damos respuestas obtusas y nos enfrascamos en constantes ofensas que al final no llegan a nada.

Debemos aumentar nuestra capacidad de tolerar las ideas ajenas, de dejar pasar las ofensas y demostrar que somos capaces de entendernos unos a los otros, tener la iniciativa de respetar las ideas sin importarnos de donde provengan estas, aunque claro esto no significa que debemos de estar de acuerdo con ellas.

(…)

Así como señalaba el novelista francés Víctor Hugo “No olvidemos jamás que lo bueno no se alcanza nunca si no por medio de lo mejor”.

Por Miguel Torrellas

Haiku en el suelo




Sobre este suelo,
entre cruz religiosa
y aire espeso.

Negro bombeante,
tirado en tu suelo
híbrido y derretido.

Carece de luz
vagando en nuestro suelo
desconsolado.