11 de agosto, 2019.
Y entonces giré en la esquina y pude observar brevemente que Salvador sí había ido a la cita pautada. Estacioné el carro, me bajé y una vez más estuve en casa. La St. Honoré hace tiempo que había cerrado, y en su lugar se encontraba un café donde sólo ofrecían cachitos de queso paisa y con leche grande. Ya Caracas no era la misma; ya la gente no caminaba por las calles, no sonreía, no amaba la ciudad como antes. Eso lo pude observar en el trayecto del aeropuerto hasta Chacao.
El camino del carro hasta la mesa fue increíblemente largo y pesado; los millones de pensamientos en mi cabeza no permitían al tiempo avanzar como de costumbre. “¿Qué le digo?”, “¿Cómo lo saludo?”, “¿Lo saludo?”. Todo se detuvo al momento en que mis ojos tomaron control sobre mi cabeza y se posaron frente aquel muchacho ahora hecho hombre, ahora con un semblante débil, como de rendición. Ya no era imponente como antes, mi hermano. Daba lástima, debo decirlo, porque sus ojos marrones eran la ventana al infierno interno de un hombre atormentado.
-Miguel.
-Epa, Salva.
-Siéntate, anda.
Ahora lucía una sonrisa un poco forzada, mas no hipócrita. Me senté, un poco inseguro, pero lo hice. Ahora sólo veía sillas plásticas a punto de ceder. Llamé a la mesonera más cercana, a la cual ingenuamente le pedí un golfeado. No había. Tras varios intentos de ordenar, comprobé que era cierto eso de que ahora en las panaderías de Venezuela sólo se podía encontrar cachito y café con leche. “Pero sólo hay leche en polvo”. Carajo.
- ¿Cómo va todo?
- Bien. Ya Sofía va a cumplir un año. Las cosas nos están saliendo muy chéveres.
- Ah, qué bueno. ¿Y en qué estás trabajando?
- Bueno, ahorita me contrató un banco local de allá. Por ahora estoy administrando cuentas pequeñas, pero estoy avanzando.
- Mmm, ¿y tu esposa?
- Diane está quedándose en casa, cuidando a Sofía. Estaba viendo clases de español, pero con el embarazo y eso se le hizo difícil.
Un silencio incómodo penetraba mis oídos y no me dejaba pensar. Yo lo había convocado aquí, era mi momento de ser el adulto, de dar la cara, de asumir mi papel de hombre y dejar las cobardías de niño atrás. Por Dios, ya eran 29 años los que cargaba al lomo.
Pasaron algunos minutos de incertidumbre, donde ambos esperábamos ansiosos ver al otro ser el primero en hablar, en tomar las riendas. Suspiré, inhalé muy profundamente, pero no logré abrir mi boca.
- Miguel, ¿para qué me haces venir hasta aquí si lo que estás haciendo es quedarte callado?
Tenía razón.
- Salvador, no es fácil regresar por primera vez y encontrarme contigo. No seas tan severo.
- ¿Disculpa?
- Que no es fácil.
- Ah, con que no es fácil…
- Difícil es llegar un día a tu casa y ver una nota de tu hermano diciendo que se va a “buscar oportunidades” porque en su país no las hay.
El sarcasmo y la risa burlona en su rostro anunciaban que acababa de permitirle soltarse a un hombre que desde hace mucho deseaba desahogarse. Ya no había regreso posible. Ya el hombre tenía rienda suelta. Todo lo que viniese de ese momento en adelante sería memorable, y yo lo sabía.
- Salva, tenía 22 años. Este país se estaba derrumbando y yo no quería ahogarme con él.
- No, muchacho. Tú, sobre todas las personas, has debido quedarte y luchar.
- ¿Cómo me iba a quedar? Cuando perdimos las elecciones ya todos sabíamos que esto era un caso perdido.
- Perdimos únicamente por gente como tú.
- Tú sabes perfectamente las razones por las cuales no voté.
- Pues claro que las sé, pero no las comparto ni las respeto. ¿A quién le importa un trabajo en la gobernación cuando lo que está en juego es el futuro de tu país?
- Ese trabajo era todo lo que yo tenía, era el sustento de mi futuro.
- Todo lo que tú tienes es tu familia, que es muy diferente, y ahora tu familia se está cayendo abajo por un gobierno de mediocridad el cual tú ayudaste a prolongar.
- No puedes echarme toda la culpa de los fracasos de Venezuela a mí.
- No es a ti, es a todos los cobardes que huyen de la responsabilidad de hacer crecer su país al irse a otro lado, donde no hacen sino quejarse de lo horrible que están las cosas por acá, sin hacer nada al respecto.
- Pero es que yo voy a volver Salva, voy a regresar por mi país.
- ¿Vas a volver cuándo? ¿Cuándo todo se arregle? Ya han pasado 6 años desde que te fuiste, Miguel, y jamás has volteado a ver qué está pasando en tu “jardín de atrás”. Ya tú no eres de acá.
De repente llegó la mesonera con nuestras cosas. Rompió un poco la tensión que se había estado formando. Fue el momento perfecto para excusarme un momento para ir al baño a lavarme las manos.
Regresé y Salvador ya no estaba. Tal cual como en las películas, en su lugar se encontraba una nota, la cual sellaría el destino en el que mi hija jamás conocería a su tío.
“Muchacho, perdóname por irme de tal forma tan abrupta, pero yo también tengo derecho a huir. Realmente no puedo mirarte a los ojos sabiendo que defiendes tu partida, y que te sientes cómodo habiendo dejado el destino del país que te vio nacer al libre albedrío. Te fuiste en el momento justo cuando te convertías en parte de la generación de relevo, cuando se suponía que tú, junto a nosotros, ibas a ser determinante. Te fuiste en el momento justo cuando más te necesitábamos. En tu conciencia sabes muy claramente que tu partida tuvo como motivo ser irreversible, o al menos hasta que la situación no estuviese tan jodida. Pero dime, ¿qué derecho tiene la gente como tú de regresar a disfrutar de esto, de lo que hemos construido los que sí amamos a Venezuela? Los que sí nos quedamos sufrimos, y bastante, pero aún continúa la batalla. Lo que pasa es que aquí no queremos soldados vacilantes.”
Así culminaron las últimas palabras que alguna vez me dirigió mi hermano mayor. Y él tenía razón, pero por eso mismo no le iba a dar el gusto de hacerme un exiliado en mi propia cuna. Me quedé y le eché un cerro de ganas.
Por Andrea Black
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