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lunes, 2 de julio de 2012

Creciendo en Venezuela







Fue un 17 de Noviembre (específicamente del año 1995, en la habitación 606 de la Clínica Nueva Esparta en la Isla de Margarita) en que me convertí en ciudadana del mundo, y, más importante, en venezolana. Pasaron los primeros 10 años de mi vida sin tener mayor relación con mi país que saber identificar la bandera, el escudo y el himno –sólo porque así lo exigían las maestras–, además de saber muy claramente que Venezuela se escribía con ‘V’ mayúscula y que su nombre proviene de ‘pequeña Venecia’.


Crecí, y ahora el himno me producía emoción. Al ver algo relacionado con Venezuela en la televisión o en el cine, sentía escalofríos. La Vinotinto era pasión. No sólo la Isla de Margarita, sino todo el territorio que conformaba al “rinoceronte”, como me gustaba llamarlo, tenía un significado bellísimo que no es posible plasmar en palabras y que sólo se puede comprender si se es venezolano. Y poco a poco fui entendiendo que Venezuela era mucho más que unas líneas en el mapa. Vi que Venezuela era mi país, mi hogar, mi sentido de pertenencia.


Tiempo después comencé a ver mi alrededor como algo más complejo que aquello que me mostraba la televisión, y eventualmente comprendí que habían muchas cosas que no estaban bien. ¿Por qué, por ejemplo, las personas pueden vivir su vida con la mayor paz sabiendo que hay niños que tienen los medios suficientes como para costearse una comida al día? ¿Cómo se puede hablar de inversiones millonarias en deportistas individuales mientras hay tanta gente que no recibe educación por falta de medios? ¿Por qué cada día las casas instalan una cerradura nueva o una reja más?


Este lugar tan hermoso, de playas, montañas, caídas de agua y nieve, merece mucho más de lo que tiene.


Emprendí mi viaje como amante devota de mi país, de la nación que fue mi cuna. Aprendí de su historia, siempre teniendo los pies muy firmes en el presente, pero jamás dejando a un lado el hecho de que el futuro de Venezuela depende de las acciones que yo emprenda hoy, tanto las mías como de los otros miles de jóvenes que aquí viven.


Es así como llegamos al día de hoy, a la realidad de una niña de 16 años que sólo conoce una faceta de Venezuela, y sea por la razón que sea, considera que en esta nación hay una lista extensa de cosas por cambiar. Pero, como todo problema realmente complejo, aquí ocurre un círculo vicioso de fallas que desencadenan en otras fallas, que a su vez son causantes de más fallas; tal cadena es extremadamente compleja de romper. Con sacar un eslabón (por ejemplo, la inflación) se debilitarían los demás y tal vez fuese más sencillo de mejorar la situación general de Venezuela. Sin embargo, los lazos entre un problema y otro son tan fuertes, que es muy difícil eliminar alguno como si fuese un elemento totalmente aislado del resto (la inflación depende de las subidas y bajadas de los precios del petróleo, del costo de los impuestos de importación, de la devaluación de la moneda, entre otros).


(...)


No considero que el socialismo sea una forma de gobierno errada, pues países como Suiza la practican de una forma democrática, justa y efectiva. Sin embargo, considero que los resultados de la aplicación del modelo económico capitalista resultarían altamente positivos ante las necesidades actuales de la sociedad venezolana.


Tenemos como ejemplo a Dubái, parte de los Emiratos Árabes Unidos. El Emirato comenzó su auge económico sacando provecho de sus escasos 24.000 barriles de petróleo diarios, los cuales eran su mayor fuente de ingresos. A partir de la venta del “oro negro”, Dubái desarrolló su economía hacia otros sectores, al punto en que, actualmente, el petróleo sólo representa menos del 6% del ingreso anual del emirato. Ahora, la capital de Dubái posee el único hotel siete estrellas del mundo, el centro comercial más grande del mundo, islas artificiales y otras obras arquitectónicas que convierten a Dubái en uno de los destinos turísticos más lujosos y de mayor renombre en el planeta. Ellos, en palabras de Arturo Uslar Pietri, sembraron su petróleo y supieron aprovechar oportunidades. Venezuela actualmente posee las reservas petroleras más grandes del mundo; 295.600 millones de barriles, lo cual nos permitiría seguir el camino de Dubái, inclusive de una forma más masiva y radical. Convertir nuestras ciudades en potenciales lugares de inversión le daría un impulso importante a nuestra economía en distintos sectores, eventualmente convirtiéndonos en un estado no dependiente del petróleo.


Debo aclarar que yo no sueño con una Venezuela repleta de edificios exóticos, carros deportivos por las calles de Caracas, ni de records mundiales en arquitectura. Yo sueño con una Venezuela en donde la gente tenga empleos de calidad, donde sus ingresos tengan un valor real y que con ellos sean capaces de proveerles a sus familias una vida digna. Una Venezuela que no viva a la merced del petróleo. Yo sueño con una Venezuela donde ser exitoso no implique tener tu propio rancho y ser capaz de pagar las cuentas de luz y de agua; sueño con una Venezuela donde se aspire a ser grande, donde realmente se quiera progresar, donde se pueda progresar.
Por Andrea Black Brening

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