Jamás he conocido una Venezuela diferente
a lo que existe actualmente. Por mi edad, lo único que conozco, es el conflicto
constante económico y político que abunda en el asfalto del territorio
venezolano. Quizás por eso no me dedico a quejarme como lo hacen personas de
edad superior a la mía, ya que al no conocer una Venezuela diferente a la
existe estoy realmente acostumbrada a los problemas diarios que afronta nuestra
nación. Quedándome solamente con el contraste grotesco que enmarcamos con
países exteriores, de los cuales me encargo de alabar sin que en ningún momento
por mi mente se escabulla la grata imagen de Venezuela con esas cualidades, o
sin sus defectos redundantes. Por que al final así es mi país, o al menos a mis
ojos, siempre ha sido asi.
Cuando era pequeña, era inevitable sentir
vergüenza de mi nacionalidad, vergüenza de ver como al cruzar mas allá de nuestras
fronteras cercanas casi nadie sabia siquiera donde estaba Venezuela en el mapa.
Para una niña no es fácil entender como otras personas no podían saber de donde
venías, y mucho menos cuando fácilmente hubiese encontrado otro país en un mapamundi
común. Me sentí insignificante mientras el tricolor primario perdía color ante
mis ojos, a los cuales Venezuela era un país fascinante. Con casi todos los posibles
climas, animales únicos, maravillas naturales y gente cálida. Era realmente
maravilloso a las pupilas inocentes de una infante. Pero al crecer, todo cambia
y conoces los recursos económicos que otros países soñarían con tener, y que
teniendo solamente uno de éstos serían capaces de sustentarse. Ahí fue quizás
donde fui perdiendo esa vergüenza, que hoy en día es sólo un recuerdo
lamentable en mi niñez.
Ahora, siento quizás el doble de
vergüenza que sentía en ese momento, pero esta vez hacia mí misma. Por haberme
acostumbrado a todas las incomodidades que sufrimos a diario. Me acostumbré a
la escasez, el desempleo, la inflación y principalmente la ineficiencia. Todo
esto sonaría casi imposible para una persona extranjera. Para mí se ha vuelto
una forma de vida ocultar y esquivar las dificultades que nos rodean día a día.
Incluso me he vuelto tan conformista que muchas veces ni soy capaz de detectar
una falla, por lo que creo que mi vergüenza hacia mí misma es válida. Sólo me
queda eliminar esta actitud, y hacer lo posible por que Venezuela deje de ser
la que conozco y he conocido toda mi vida.
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