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lunes, 2 de julio de 2012

Cuéntale a tus hijos... para que se rían


El año era 1936 y el uso de la novedosa y popular sustancia llamada “marihuana” estaba ocurriendo en muchas de las escuelas de los Estados Unidos, en vista de esto un grupo religioso (aunque muchos creen que fue el mismo ejército de los Estados Unidos) creó la extraña obra cinematográfica llamada “Tell your children” que traducida al español significa “Cuéntale a tus hijos”, el propósito de esta película no era el de entretener sino mas bien el de educar a los padres sobre los efectos de esta sustancia y asustar a los jóvenes consumidores de ésta.
La historia que rodea a esta película es muy interesante ya que fue lanzada al mercado en el año 1936 como un filme de propaganda en contra de la marihuana y con este propósito recorrió muchas de las escuelas del país sin obtener mucho éxito. A pesar de esto, un director y productor llamado  Dwain Esper compró los derechos del filme y este desapareció de la luz pública por muchos anos.
Muchos años después en una década magnífica, los años 70, ocurrió un fenómeno en el cine llamado las películas de medianoche”, largometrajes que no alcanzaron el éxito comercial o que no podían ser exhibidos en horarios normales por su fuerte contenido…  se proyectaban a la medianoche en teatros muy específicos. Solo en un ambiente tan bizarro y curioso como este, la obra de “Tell your children” resurgiría con un nuevo título: “Reefer Madness”.
De forma extraña y misteriosa, una versión ligeramente reeditada del filme empezó a proyectarse en el horario de medianoche como una comedia, las increíblemente exageradas situaciones creadas para asustar a la audiencia de 1936 fueron vistas como extremadamente tontas eh hilarantes por la audiencia de 1970, una audiencia conformada principalmente por consumidores de la marihuana .
Lo que más me impresiona y encanta de la historia de esta película es que fue hecha con el propósito de asustar y disminuir a la población de consumidores, pero al final terminó llevándoles risas y placer.
Por Miguel Torrellas

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